El debate sobre la dieta paleolítica, caracterizada por el consumo de grandes cantidades de proteína y grasas y bajos niveles de carbohidratos, a imagen y semejanza de nuestros antepasados de la Edad de Piedra, no ha parado de crecer.
Sus detractores la despachan con el argumento de que históricamente las civilizaciones más pujantes se desarrollaron gracias a una dieta alta en almidón, mientras sus defensores insisten en que genéticamente estamos diseñados para seguir la misma dieta que nuestros ancestros. Aunque lo que sí está claro, es que la también denominada paleodieta no ha cesado de ganar adeptos en los últimos años.

En esta dieta abundaban los alimentos sin procesar ni cocinar, principalmente la 
carne, el pescado, las frutas, las raíces y los frutos secos. Por otra parte, se evitan los derivados lácteos, los carbohidratos y los alimentos ricos en gluten, como el trigo, el centeno o la avena. Un cambio radical en los hábitos alimenticios difícil de llevar a cabo en nuestra dieta, pero cuya clave del éxito es, según defiende la nutricionista Esther Blum en Cavewomen Don't Get Fat: The Paleo Chic Diet for Rapid Results, que “eleva los niveles de dopamina y serotonina en el cerebro”, y por tanto la motivación y el placer.
Otra de las grandes ventajas que atribuye Blum a la paleodieta, al igual que el resto de defensores, es que se trata de la forma más rápida posible de conseguir “un cuerpo esbelto y saludable”, y añade: “Como el de las mujeres de las cavernas”. Además, afirma que al introducir este tipo de alimentación en la dieta se puede comer más sin ganar peso. Un regalo para los oídos al que no todo el mundo se resiste.
Con el glamour de la alta cocina
Para “comer limpio”, como lo denomina la nutricionista, no es necesario pasar demasiado tiempo en la cocina, aunque sí una cierta dedicación y originalidad para combinar los alimentos crudos. En su libro, además de ofrecer recetas en las que, por ejemplo, la lechuga hace el papel del pan en un bocadillo de salmón, se extraen algunas pistas para seguir una paleodieta con todo el glamur de la alta cocina:
-Utilizar carnes magras de alta calidad, como el pollo de corral, la ternera alimentada únicamente con pasto o los peces silvestres.
-Seleccionar las grasas con cuidado. El aceite de oliva y la mantequilla están bien, pero siempre que no tengan grasas transgénicas o mezcla de aceites vegetales.
-Respete las mismas cantidades a las que tenían acceso nuestros antepasados en la Edad de Piedra. ​​Por ejemplo, los frutos secos que podrían obtenerse de la naturaleza en un día se reducen a aproximadamente un cuarto de taza, afirma Blum.
-Evita los alimentos con un alto contenido de gluten (todos los tipos de granos, incluyendo los alimentos hechos con trigo, centeno, avena, espelta, y otros) que “se sabe que causan alergias, inflamación y aumento de peso”. 
-Nunca ponga en su mesa alimentos procesados, principalmente para el desayuno y la cena. En su lugar céntrese en los carbohidratos de origen natural, como las verduras y las frutas.
Prevención de enfermedades neurodegenerativas
La nutricionista insiste en su libro que "nuestros cuerpos están diseñados para funcionar con muchos menos carbohidratos de los que habitualmente comemos”. Una tesis que también defiende el neurólogo y director del Perlmutter Health Center, David Perlmutter, en su polémico libro Grain Brain: The Surprising Truth about Wheat, Carbs, and Sugar-Your Brain's Silent Killers (Little, Brown and Company). En este, propone una vuelta a la dieta de nuestros antepasados, basada más en el aporte de grasas que en el de carbohidratos, como método para prevenir las enfermedades cognitivas.
Para Perlmutter, nuestra dieta está compuesta porcentualmente por un 20% de grasas, otro 20% de proteínas, y el restante 60%, de carbohidratos. Un desequilibrio que, dice, va en contra de la evolución de nuestro ADN, por lo que anima a volver a la dieta que mantuvieron nuestros antepasados, que en un 75% estaba compuesta a base de grasa y sólo en un 5% por carbohidratos.
El autor defiende que sólo se trata de ajustarse a la dieta que ha seguido la humanidad a lo largo de la historia, pues insiste en que enfermedades como la depresión, las cefaleas crónicas, la epilepsia o la demencia comenzaron a dispararse en el mismo momento en el que se comenzaron a consumir carbohidratos en grandes cantidades. El ADN, asegura Perlmutter, ha evolucionado durante miles de años para adaptarse a una dieta rica en grasas y baja en carbohidratos. Sin embargo, en la actualidad esta dieta se ha invertido, “con los consiguientes efectos neurológicos”.


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