Le sucedió a Felipe. Vivía “enamoradísimo” de Nannette, pero cuando más ella lo necesitó, él se hizo el desentendido.

A estos dos yo los empaté. Cansada de los lamentos de Nannette y del cinismo de Felipe  me di guille de celestina y los presenté. Desde entonces, juntos. Para arriba y para abajo -y que no me tome a mal doña Gertrudis. Le ha dado conque soy libertina y muy sexual. ¿De dónde? 
 Todo marchaba miel sobre hojuelas. Muy cariñoso el Felipe. Demasiado, según Nanette. No había mensaje de texto ni llamada telefónica que el hombre concluyera con la temida y cacareada frase: “te amo”. Temida, porque para decirla hay mucho temor pero cuando se suelta, entonces se vuelve una muletilla. Cacareada porque se torna exagerada, repetitiva. Y ahí está el detalle, no es repetirla es ponerla en acción. 
 Nunca faltaron las flores y las cenas. Afines en todo... todo. Fanáticos del Barcelona, de los Yankees y de los Heat. Entusiastas de las costillas de cordero, del Ménage à Trois -el vino, doña Gertrudis, el vino-; de los melocotones de Costco, del aroma de lavanda en las almohadas, del pan crujiente con mantequilla,  del queso Edam, de Sarah Brightman, de Mozart, de García Márquez y de Botero.
Los problemas comenzaron en junio, después de año y medio  de relación.  ¿La razón? Poco solidario le salió el hombre.
Mientras ella vivía un cisma laboral en su empleo, él recibió una promoción. La estabilidad emocional de ella se fue al suelo, y el ego de él,  a las nubes.
La mujer segura y clara de sus cosas, se sintió vulnerable y reclamó su ayuda. Y él, en su nueva etapa se olvidó de ella. Sencillamente le dijo que manejara la situación, que él no tenía tiempo y se esfumó. Se lo tragó la tierra.
En veinte días se desinfló el amor. Todos los “te amo” se los llevó el viento. En veinte días no lo vio más. Él le picheaba las llamadas y los textos. Con suerte sus amigas y su familia la escucharon, le dieron todo su apoyo y hasta un nuevo empleo consiguió.
Y ahora que Nannette anda feliz, ¿quién la  llama  a toda hora? Exacto. Ese mismo. Pero la mujer, clara. De su maíz, ni un grano.
No sé ustedes, pero yo prefiero cariño genuino y puros gestos de solidaridad que esos “te amo” de mentira, repetidos  tal urracas en celo. Ciao!



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